viernes 9 de diciembre de 2011

Capítulo I : Rojo y Blanco


Fue un amanecer completamente helado. Las calles estaban cubiertas de gruesa escarcha y de dinteles y tejados colgaban largo carámbanos.
Una figura envuelta en un grueso abrigo de piel caminaba por las calles de Edelburg. Sujetaba como podía un gran ramo de rosas y claveles rojos. Estaba ya en la plaza de la iglesia cuando se cruzó con un hombre, que acababa de salir de una casa de porticada de piedra, junto a la iglesia de la ciudad, construida en honor a San Pedro.
-Buenos días Padre Arnold.
-Buenos días, señora Ausbruch. ¿Madugrando como siempre en estas fechas?
La señora Ausbruch asintió, con una sonrisa triste. Era Todos los Santos y ella siempre visitaba en el cementerio la tumba de su difunto marido ese día. Y siempre llevaba un ramo de rosas y claveles rojos, como el que ella había llevado en su boda.
-¿Quiere entrar a tomar un café caliente, señora?- preguntó el sacerdote.
-Cualquier cosas con entrar en calor, padre.,
Así, entraron por la puerta por la cual había salido instantes antes el hombre. Dejaron el ramo en una mesa junto a la entrada y el párroco encendió fuego en la chimenea del salón. Tras preparar el café, ambos adultos se acomodaron en dos sillones de orejas junto al hogar.
-¿Volverá con las gemelas Luberg por la tarde?
-Sí, por supuesto. Ya son mayores para dejar flores a sus difuntos padres.
-¿Cuántos años tienen, diecisiete?
-Diecinueve, padre.
-Su hijo y su nuera obraron bien al acogerlas en su casa. Sin duda, deberían varios favores a los Von Luberg.
-No estaría tan segura de que las intenciones de mi hijo sean buenas, padre.
El clérigo al miró con desconcierto, pero no preguntó. La señora Ausbruch sabía, o, por lo menos, sospechaba, que su hijo tenía intención de adueñarse de parte del patrimonio de los Von Luberg. Carles y Franz, su hijo, habían sido propietarios de una empresa que se dedicaba al comercio entre Austria y Venecia, Génova y los estados del papado. A la muerte de Carles, su patrimonio, propiedades y cargos pasarían a manos de los maridos de Erika y de Adelaide. Pero si las jóvenes no se comprometían, al menos la parte de la empresa que pertenecía a Carles sería de Franz, ya que las mujeres no se dedicaban a las negocios. Y si engañaba a las muchachas, Franz Ausbruch heredaría todo el patrimonio de los Luberg.
Cuando acabaron el café, salieron de nuevo a la calle. Pesados y grandes copos de nieve caían lentamente sobre la gruesa escarcha. Si empezaba a nevar con fuerza, la ciudad no tardaría de estar cubierta por quince centímetros de nieve.
El sacerdote se extrañó porque la alta puerta de hierro forjado del cementerio estaba abierta. Sin embargo, al otro lado, en el camino que discurría entre dos filas de cipreses, no había huella alguna. No tardaron en recorrer el cementerio y llegar hasta el mausoleo de los Ausbruch.
Al salir, del monumento de mármol, Louise (la señora Ausbruch) vio una figura extraña, sobre un banco de piedra al otro lado del cementerio. Se dirigió hacia allí, y, mientras se acercaba, vio que era una muchacha que dormía sobre una tumba. La escena era un tanto inquietante, pero explicaba por qué la entrada al cementerio estaba abierta.
Al llegar hasta el lugar, vio que el banco en el que estaba tumbada la joven estaba al frente de otro mausoleo, más pequeño que los de las familias Ausbruch o Luberg (las más adineradas de Edelburg), pero un mausoleo al fin y al cabo. Pertenecía a la familia del médico de la ciudad.
Se dirigió hacia la chica para despertarla y reprenderla por estar fuera de casa a esas horas, y encima en un lugar como aquel, cuando lo que vio la paralizó completamente.
La joven vestia un lujoso vestido blanco, como con el que se casaban las novias. Y como con el cual se enterraba tradicionalmente en la ciudad a las jóvenes fallecidas antes de casarse. Tenía un corte limpio en el cuello, en la yugular, alrededor del cual había una mancha de sangre. Su cuerpo estaba delgado y blanco, con la piel pegada a los huesos. Había muerto desangrada, sin duda. Bajo sus ojos se veían lárgimas aún frescas. Rojas, oscuras y espesas. 
Lágrimas de sangre.

viernes 25 de noviembre de 2011

Prólogo


El sonido de la lluvia quedaba ahogado por el estruendo de los relámpagos. El aire, helado, no ayudaba a quienes intentaban llegar a casa sin acabar calado hasta los huesos.
Adelaide contemplaba el caer de la tormenta sobre Edelburg. Su expresión era de preocupación. Esperaba a sus padres, unos comerciantes que habían viajado a Italia aquel verano y que estaba previsto que volverían esa mañana. Era de noche y aún no se sabía de ellos.
Adelaide sabía que podría ser peor, que la lluvia podría ser nieve, pero no podía evitar dar vueltas en la cama. No podía dormir tranquila sabiendo que a sus padres les podía haber pasado algo.
Marie entró en la habitación, al ver la rendija de la puerta iluminada y miró a la niña:
-Deberías dormir. Es tarde- dijo Marie, el ama de llaves de la casa, que había cuidado de Adelaide y de su hermana gemela durante el verano.
-No puedo dormir. Necesito verlos.
La mujer asintió, pero antes de salir del dormitorio, se aseguró de que la niña estaba bien abrigada.
Adelaide siguió mirando por la ventana, hacia las cumbres nevadas que se recortaban tras Edelburg, ajena a todo lo que allí pasaba.

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La caravana, fomada por cuatro carruajes, avanzaba por el estrecho camino empapado lo más rápido que podían sin llegar a poner en peligro su seguridad.
A la derecha del camino, una ladera cubierta por un manto de abetos descendía abruptamente. A la izquierda, la pared de roca se alzaba sobre las cabezas de los viajeros.
Carles miraba por la ventanilla del último carruaje. Se supone que debían haber llegado a la ciudad por la mañana, pero habían perdido mucho tiempo en los pasos de montaña, donde les había sorprendido una nevada.
Miró a su mujer, Arabella, y supo que ésta estaba más preocupada que él. Sus hijas, Erika y Adelaide, esperaban en casa.
La lluvia dificultaba mucho la travesía del corto camino que les quedaba.
Al cabo de un rato de descenso, llegaron a una bifurcación del camino. El camino derecho conducía al castillo de la marquesa Eleonor Von Schönheitberg. El izquierdo bajaba hasta el fondo del valle, hasta la ciudad.
Todo sucedió muy deprisa. A la vez que un rayo caía en algún lugar del bosque, la rueda derecha posterior del último carruaje se rompió al chocar bruscamente con una piedra del camino. La diligencia se descontroló y golpeó por detrás al siguiente carro. Entonces, fue un efecto dominó. Los cuatro carros cayeron por la ladera chocando con los árboles. Tanto los transportes, como la mercancía transportada, como los viajeros que transportaban los productos quedaron destrozados.
Una criatura se deslizó entre las sombras de los abetos de la ladera hasta un peñasco en el que se habían empotrado los restos de la primera diligencia que cayó. Allí estaban atrapados los únicos supervivientes: Arabella y Carles.
Sin embargo, la sombra no les rescató. Se volvió loca cuando vio el reguero de sangre que le salía a ella de la sien y la mancha escarlata que rodeaba a una rama que se le había clavado en el muslo a él. Sin poder aguantar más, la bestia se avalanzó sobre los cuerpos y no dejó ni gota de sangre en sus cuerpos.
Arrepentida de lo que había hecho, se llevó las manos a la cara y lanzó un aullido espeluznante a la noche, que se escuchó por todo el valle, por encima de la tormenta.

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Adelaide también esuchó ese alarido, y la puso los pelos de punta. No sólo era miedo lo que sentía, también un desgarrador vacío se había instalado en su corazón. Entonces supo que sus padres jamás volverían a Edelburg, no con vida.