Fue
un amanecer completamente helado. Las calles estaban cubiertas de
gruesa escarcha y de dinteles y tejados colgaban largo carámbanos.
Una
figura envuelta en un grueso abrigo de piel caminaba por las calles
de Edelburg. Sujetaba como podía un gran ramo de rosas y claveles
rojos. Estaba ya en la plaza de la iglesia cuando se cruzó con un
hombre, que acababa de salir de una casa de porticada de piedra,
junto a la iglesia de la ciudad, construida en honor a San Pedro.
-Buenos
días Padre Arnold.
-Buenos
días, señora Ausbruch. ¿Madugrando como siempre en estas fechas?
La
señora Ausbruch asintió, con una sonrisa triste. Era Todos los
Santos y ella siempre visitaba en el cementerio la tumba de su
difunto marido ese día. Y siempre llevaba un ramo de rosas y
claveles rojos, como el que ella había llevado en su boda.
-¿Quiere
entrar a tomar un café caliente, señora?- preguntó el sacerdote.
-Cualquier
cosas con entrar en calor, padre.,
Así,
entraron por la puerta por la cual había salido instantes antes el
hombre. Dejaron el ramo en una mesa junto a la entrada y el párroco
encendió fuego en la chimenea del salón. Tras preparar el café,
ambos adultos se acomodaron en dos sillones de orejas junto al hogar.
-¿Volverá
con las gemelas Luberg por la tarde?
-Sí,
por supuesto. Ya son mayores para dejar flores a sus difuntos padres.
-¿Cuántos
años tienen, diecisiete?
-Diecinueve,
padre.
-Su
hijo y su nuera obraron bien al acogerlas en su casa. Sin duda,
deberían varios favores a los Von Luberg.
-No
estaría tan segura de que las intenciones de mi hijo sean buenas,
padre.
El
clérigo al miró con desconcierto, pero no preguntó. La señora
Ausbruch sabía, o, por lo menos, sospechaba, que su hijo tenía
intención de adueñarse de parte del patrimonio de los Von Luberg.
Carles y Franz, su hijo, habían sido propietarios de una empresa que
se dedicaba al comercio entre Austria y Venecia, Génova y los
estados del papado. A la muerte de Carles, su patrimonio, propiedades
y cargos pasarían a manos de los maridos de Erika y de Adelaide.
Pero si las jóvenes no se comprometían, al menos la parte de la
empresa que pertenecía a Carles sería de Franz, ya que las mujeres
no se dedicaban a las negocios. Y si engañaba a las muchachas, Franz
Ausbruch heredaría todo el patrimonio de los Luberg.
Cuando
acabaron el café, salieron de nuevo a la calle. Pesados y grandes
copos de nieve caían lentamente sobre la gruesa escarcha. Si
empezaba a nevar con fuerza, la ciudad no tardaría de estar cubierta
por quince centímetros de nieve.
El
sacerdote se extrañó porque la alta puerta de hierro forjado del
cementerio estaba abierta. Sin embargo, al otro lado, en el camino
que discurría entre dos filas de cipreses, no había huella alguna.
No tardaron en recorrer el cementerio y llegar hasta el mausoleo de
los Ausbruch.
Al
salir, del monumento de mármol, Louise (la señora Ausbruch) vio una
figura extraña, sobre un banco de piedra al otro lado del
cementerio. Se dirigió hacia allí, y, mientras se acercaba, vio que
era una muchacha que dormía sobre una tumba. La escena era un tanto
inquietante, pero explicaba por qué la entrada al cementerio estaba
abierta.
Al
llegar hasta el lugar, vio que el banco en el que estaba tumbada la
joven estaba al frente de otro mausoleo, más pequeño que los de las
familias Ausbruch o Luberg (las más adineradas de Edelburg), pero un
mausoleo al fin y al cabo. Pertenecía a la familia del médico de la
ciudad.
Se
dirigió hacia la chica para despertarla y reprenderla por estar
fuera de casa a esas horas, y encima en un lugar como aquel, cuando
lo que vio la paralizó completamente.
La
joven vestia un lujoso vestido blanco, como con el que se casaban las
novias. Y como con el cual se enterraba tradicionalmente en la ciudad
a las jóvenes fallecidas antes de casarse. Tenía un corte limpio en
el cuello, en la yugular, alrededor del cual había una mancha de
sangre. Su cuerpo estaba delgado y blanco, con la piel pegada a los
huesos. Había muerto desangrada, sin duda. Bajo sus ojos se veían
lárgimas aún frescas. Rojas, oscuras y espesas.
Lágrimas de
sangre.